SI CREES HABER COGIDO UN RESFRIADO, REDUCE TODOS LOS HIDRATOS DE CARBONO

Esta es la regla número uno. Y ahora voy a expli­carte por qué está regla de emergencia es de tan vital importancia.
Los hidratos de carbono —es decir, pan, galletas, pastas, bizcochos, azúcar, dulces, la mayoría de los alimentos a base de cereales, puddings, etc.— se secan dentro del cuerpo, estimulando la acción de la hidrólisis, por la que las moléculas de los hidratos de carbono se apoderan del agua para transformarse en los azúcares, que es la forma en que la nutrición puede ser fácilmente absorbida por los tejidos cor­porales. Los azúcares elaborados a base de los hidra­tos de carbono pueden ser monosacáridos, disacári­dos o polisacáridos. El lector que haya sufrido un resfriado invernal sabe lo que le ocurre al agua en temperaturas de cero o menos grados; lo que es per­fectamente aplicable a los conductos nasales descri­tos en el capítulo sobre la respiración. Se trata de un órgano corporal perfectamente diseñado cuya fun­ción consiste en templar el aire que entra en el cuerpo; pero que se ve afligido por una humedad excesiva, pues la abundancia de hidratos de carbono en el cuerpo atrae la formación de mucosidades lí­quidas, siendo ésta la causa de que los resfríos de nariz produzcan tan elevadas cantidades de líquido. Por si fuera poco, los conductos nasales se ven tapo­nados por un espeso fluido que retiene más fácil­mente el frío de la temperatura exterior e impide que el aire inhalado se temple como es debido.
Los dulces y caramelos son productos hechos fun­damentalmente a base de hidratos de carbono, y una de las razones de que los niños pequeños se vean cons­tantemente afligidos por epidemias de catarro, gripe y otras enfermedades respiratorias es que, a esa edad, se consumen demasiadas golosinas y carame­los y, además, a que en su mayor parte no son nunca tan saludables y puros como los sencillos y anticua­dos dulces hechos en casa con que, cuando era niño, solían obsequiarme mis abuelos.

La tendencia que predomina hoy en día es dar sabor a casi todos los alimentos añadiéndoles, o bien azúcar, o bien sal; esta abrumadora monotonía conduce a una atrofia de nuestras papilas gustati­vas, por lo que, en la mayoría de los casos, somos incapaces de, como hacían nuestros antepasados, averiguar si algo era beneficioso o perjudicial para ellos limitándose a probarlo.
Si padeces un resfriado, olvídate del azúcar y de todos los alimentos que lo contengan. Si deseas en­dulzar algo, puedes lograrlo utilizando cualquiera de los cientos de variedades de miel existentes, o también melazas —lo que te permitirá además ele­gir entre diversos matices sutiles de sabor—. Si eres capaz de pasarte a esas otras formas de endulzar las cosas y atenerte a ellas, los riesgos de coger un res­friado se verán considerablemente reducidos.
Se ha demostrado que los niños que abusan del azúcar se resfrían mucho más fácilmente que los que siguen una dieta natural o totalmente despro­vista de él.
Los ingleses son los mayores consumidores de dulces y productos azucarados de todo el mundo occidental, y por tanto los más afligidos por los res­friados tanto en invierno como en verano.
Unos amigos míos me señalaron recientemente la elevada proporción de macarrones, vermtcellt, spa-ghetti, alphbetici, taglione y otras variedades de pasta consumida por los italianos. «Sí, es verdad —fue mi respuesta—, pero no nos olvidemos del vino áspero y ligeramente ácido que suelen tomar con la comida y que contrarresta los efectos de todos los hidratos de carbono ingeridos. Se trata además de un tipo de vino que no suelen vender a los turis­tas, y que tampoco es probable que les agradara.»
Un eminente profesor italiano, experto en los temas de la historia y la cultura romanas, ha puesto de relieve que, según documentos de la antigua Roma, los soldados de las famosas legiones resulta­ban frecuentemente heridos, en ocasiones morían, pero que rara vez caían enfermos; y lo atribuye al vino áspero y ácido que tomaban con casi todas las comidas y a las elevadas cantidades de aceite puro de oliva que consumían y que también utilizaban para los masajes. Lo que se deduce de todo esto es que si, por la razón que sea, tienes que seguir una dieta rica en hidratos de carbono, deberías acom­pañar tus comidas con un vino seco y ligeramente ácido —es decir, con un vino que no sea dulce— o, en su defecto, con vinagre de sidra de manzana. Pero hay otra observación relacionada con la ante­rior: si estás resfriado, no sigas una dieta rica en leche o productos lácteos; si tomas té que sea con zumo de limón— y, dicho sea de pasada, la combi­nación de pipermín y té con limón es muy indicada para los resfriados, y además deliciosa.
En lo que se refiere al vinagre de sidra de manza­na, el blog del doctor Jarvis sobre la medicina po­pular practicada en el estado de Vermont (Estados Unidos), titulado Folk Medicine, constituye una valiosa fuente de información que recomiendo fervo­rosamente. Baste con decir que el vinagre de sidra de manzana contiene calcio, cloro, flúor, hierro, magnesio, fósforo, potasio y pequeñas cantidades de otras sales minerales esenciales. Y, por si fuera poco, tiene un sabor muy agradable.
Hablando en términos generales, todos los hidra­tos de carbono se dividen en azúcares, almidones, celulosa, etc. Los azúcares son los más sencillos de todos, y ya hemos dicho bastante acerca de ellos; de los almidones cabe señalar que constituyen la mayor parte de los hidratos de carbono y que las plantas almacenan casi todas sus reservas de alimentos en esta forma; los frutos verdes contienen grandes can­tidades de almidones, que el proceso de maduración va transformando en azúcares (por ejemplo, fruc­tosa, sucrosa, glucosa, etc.). Si nos fijamos en una patata cruda, comprobaremos que contiene granu­los indigeribles de almidón y una fuerte estructura de celulosa, todo lo cual se gelatiniza y convierte en almidón fácilmente asimilable en cuanto se la guisa.
El predominio de una dieta a base de almidones, que absorbe grandes cantidades de agua, facilita la aparición de estreñimientos, indigestiones, infla­maciones e incluso amigdalitis. No te apresures nunca a someterte a una operación de anginas y prueba antes a seguir durante tres días una dieta totalmente desprovista de almidones.
La celulosa y otras sustancias similares apenas son absorbibles por el organismo humano; lo único que aportan a los alimentos es una cierta masa o volu­men; tanto el ganado como los insectos consumen mucha celulosa. Parece ser que, aunque no sumi­nistra al cuerpo ningún elemento valioso, la masa de la celulosa actúa como material purificador que va recogiendo y absorbiendo todos los venenos y productos tóxicos. Resulta, pues, imprescindible para una defecación sana.
Aparte de los resfriados, otras enfermedades mucho más graves, como el beriberi o los infartos, parecen tener algo que ver con el abuso de los hi­dratos de carbono; y especialistas psicosomáticos han señalado que, en los pacientes con cantidades excesivas de hidratos de carbono en sus dietas, suelen ser frecuentes los trastornos nerviosos y la irritabilidad.
La vitamina B1 (tiamina) resulta imprescindible cuando se ingieren grandes cantidades de hidratos de carbono; pues sin Bl no pueden ser adecuada­mente absorbidos o utilizados por el organismo.
La tiamina se encuentra en forma natural en di­versas sustancias alimenticias; pero como lo más probable es que se cocinen excesivamente o se so­metan a manipulaciones químicas, lo mejor hoy en día es tomarla en forma de tabletas y estar seguro de contar con su beneficiosa acción.
Cuando exista una carencia crónica de tiamina y un fuerte consumo de hidratos de carbono, pueden producirse frecuentes vómitos y una vaga sensación de continuo malestar.

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